jueves, julio 07, 2016

ALTERIDAD



“Alteridad. La palabra resuena en el aula de filosofía como un eco inesquivable. Miro de reojo a Idalia, que se sienta a mi lado y juguetea con el bolígrafo entre sus labios, un gesto que ya me resulta completamente familiar en ella. No toma apuntes, casi nunca lo hace, dice que pocas cosas en este mundo son tan importantes como para dejar constancia de ellas por escrito. Bien mirado, tiene razón. Recordamos sin mayor esfuerzo lo que nos resulta trascendente, porque lo integramos y pasa a ser una extensión de nosotros mismos. No necesitamos inmortalizar aquello que nos coloniza por dentro…pero lo hacemos, quizás guiados por una inclinación artística e intelectual que nos satisface a un nivel íntimo y personal. O quizás, y en asuntos humanos nunca se sabe,  lo plasmamos única y exclusivamente por pura vanidad.

Sí, tiene razón (a menudo la tiene)…y también miente. Pues, por muchas consignas distractoras que escapen de su sonrisa ladeada, a estas alturas la conozco lo suficiente como para saber que la vida le enseñó a ser precavida, desconfiada y un tanto paranoica. 

“Alteridad”-la palabra resuena de nuevo por toda la estancia- “La capacidad de ser otro distinto, de alternar entre la perspectiva propia y la ajena. He aquí la voluntad de entendimiento, aunque ello conlleve diluir la propia identidad. Graben esta palabra a fuego en su memoria, Damas y Caballeros…pues sin alteridad no hay, ni hubo nunca, comprensión posible”.


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IDALIA:


Idalia contiene un suspiro, frunce el ceño e intenta averiguar una forma de discernir entre alteridad y empatía, pues no alcanza a ver con exactitud qué diferencia a la una de la otra.

Dos pupitres a su izquierda, Mr. Insondable dibuja. 

Está absorto en un mundo al que Idalia, secretamente, ha soñado pertenecer en más de una ocasión. A ella también le hubiera gustado saber dibujar pero, en honor a la verdad, nunca mostró tener aptitudes para ello.


 Mr. Insondable, como todo aquello que encierra una fuerza titánica, le fascina. Un poco por su aguda inteligencia vital y la manera en que a veces, más que mirarla, la observa y la disecciona. Otro poco por el color de sus ojos, extraño y hechizante, una mezcla perfecta de azul, gris y misteriosa insolencia.

Idalia, por el contrario, tiene unos ojos profundos y oscuros, prácticamente negros…pero poseen un brillo que solo puede compararse a la mirada indómita, curiosa e inquieta de las ardillas. Aunque ella no llegará a saberlo nunca, tiene los mismos ojos que su madre, de la cual no conserva ni siquiera un triste recuerdo, ni bueno ni malo.

Y es que, en el mismo lugar donde las personas guardan la luz del amor primigenio e incondicional, Idalia sólo tiene un vacío… y dicho vacío ocupa su propio espacio.

No tuvo padre, y su madre procedía de la estirpe de aquellos que no poseen absolutamente nada, salvo un nombre que recordar (y eso con suerte). Así que una noche la abandonó a los pies de un contenedor de basura, no sin antes besarla en la frente tan tierna y dulcemente como supo… y resultó que su madre, pese a su corta edad y por raro que nos parezca, de dulzura sabía un rato largo.

Poco puede añadirse, posiblemente nunca ha habido arma más demoledora sobre la tierra que aquella que surge cuando se une la desesperación con la debilidad.

Sus padres adoptivos gozaban de una holgada posición económica, pero Idalia no tardó en dar señales de que su carácter y su naturaleza no comulgaban con aquel tipo de vida. El matrimonio empezó en secreto a aborrecer a la niña, que no mostrábase lo dócil y lo cariñosa que habían deseado y esperado. Y así, entre analfabetos emocionales y poca alteridad, llegaría el día en que Idalia rehuiría, casi por defecto, tanto sus preguntas como sus escasas  muestras de afecto… e incluso su compañía.

Fueron en verdad días tristes los de aquella época, pues aunque tenía todo lo que cualquier niño hubiera materialmente  deseado, su alma sólo halló entre aquellas paredes abandono y soledad, miseria espiritual e ignorancia, mucha ignorancia… todo ello esparcido en inarmónica distribución.

Con este panorama, poco tardó Idalia en aficionarse a escribir diarios personales. Y, pese al talante infantil de su prosa, lo cierto es que cualquier persona (mínimamente docta en el tema) hubiera detectado rápidamente que ya empezaba a perfilarse en aquellas letras un estilo propio, una vocación y una inclinación innata a la escritura. 


Casualidad o destino, la mañana en que cumplió siete años murió su gato. Es fácil imaginar lo que supuso para una niña como Idalia la pérdida de lo único que, hasta entonces, había sentido como realmente suyo. Con una solemnidad digna de admiración cavó con sus propias manos una tumba en el jardín trasero, y allí lo enterró. Escribió unas palabras a modo de pésame y las colocó sobre la tierra abultada, unas palabras que, aun hoy, es capaz de recordar con total nitidez… como recuerda la bronca que le cayó por haber tocado sin protección alguna lo que, a todas luces y según sus padres adoptivos: “no era ya más que un foco de mierda e infección”.

Apenas unas horas después tanto sus palabras como su gato serían arrojados, abandonados y olvidados en un contenedor de basura, idéntico al que tiempo atrás  fuera abandonada la propia Idalia.

Desde entonces y para siempre un nuevo brillo, más fuerte, más poderoso y más firme, se hospedaría en un rincón de sus ojos de ardilla que, por primera vez, dejaron caer una lágrima distinta a todas las que hasta entonces habían resbalado por sus mejillas. Fue aquella una lágrima lenta, dolorosa, colérica y ardiente… y resultó que Idalia, pese a su corta edad y por raro que a algunos les parezca, de rabia y de dolor sabía un rato largo.

Dos fueron las cosas que se prometió a sí misma aquella noche: que jamás volvería a dejar por escrito y a la vista de cualquiera aquello que en adelante amara o le importara de verdad y que, en cuanto tuviera edad suficiente, abandonaría aquel imperio gobernado por necios y  desalmados, sin volver la vista atrás.

Y a fe que cumplió ambas. Es más: quemó todos los contenedores de basura que encontró por el camino.


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“Alteridad”, la misma palabra vuelve a golpear incesantemente los desvanes de nuestra atención.

Lanzo una rápida mirada a Mr. Insondable que, sentado a mi izquierda, parece completamente ensimismado en un nuevo dibujo. Y digo parece (y hago hincapié en ello) porque si de algo estoy convencida a estas alturas, es precisamente de que lo que hace en realidad Mr. Insondable, y lo que parece que hace, a menudo no armonizan ni coinciden en absoluto.

Suele sentarse en los jardines que rodean la biblioteca de la universidad, y en ellos lee, dibuja, piensa, medita…o hace lo que sea que hacen los seres como Mr. Insondable. Idalia dice que intuye en él un alma de estrella binaria, un alma que bien podría ser digna del mismísimo Rey de las Hespérides. Pero que si se le observa de cerca cuando está distraído, o se le espía un poco aun en contra de su voluntad (y creedme cuando os digo que esto último Idalia lo hace con bastante asiduidad), uno no tarda en darse cuenta de que una de sus estrellas o es opaca, o hace mucho tiempo que está apagada.  Así que, por contradictorio que parezca, Mr. Insondable también posee un alma que bien podría ser digna del mismísimo Belcebú.

Y, como resulta que de contradicciones y contrastes también sabe un rato largo, con agujeros negros o sin ellos, Idalia le ama desde el primer día…como tantas otras cosas en este mundo que no tienen solución.

“Alteridad, Señoras y Señores, despejemos cualquier duda sobre este concepto antes de continuar. Alteridad: Dícese de las representaciones, más o menos inventadas, de personas antes insospechadas y radicalmente diferentes,  que viven en mundos distintos pero dentro del mismo universo. Tengan siempre presente esta palabra, pues sin alteridad no hubo, no hay y no habrá nunca, comprensión posible”.


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MR.INSONDABLE:


Mr. Insondable deja el bolígrafo, apoya los codos sobre la mesa y, entrelazando unos con otros los dedos de ambas manos justo a la altura de su boca, deja reposar sobre el dedo índice la punta de su nariz. Dicha postura, que en cualquier otra persona podría recordarnos a la que adquiere un creyente durante la oración, cobra en él un cierto aire felino. Y es que en efecto Mr. Insondable, más que un felino, es un depredador intelectual.

Dos pupitres a su derecha, Idalia no ha tomado ni un solo apunte. Está completamente ensimismada, quizás imaginando el aleteo mágico de unas mariposas salvajes y azules.


Mr. Insondable sonríe entre irónico y conmovido, pues nunca ha sido ni será capaz de entenderla del todo. Por desgracia para él, eso le atrae muchísimo. De hecho, aun a expensas de parecer un poco humano, le fascinan sus ojos de ardilla, tanto o más que su mirada impredecible, caprichosa e indescifrable…como la Mar, que con amor todo lo acepta y con crueldad todo lo devuelve.

El día que nació Mr. Insondable el cielo ya estaba enladrillado, y no había Dios que lo desenladrillara.

Ya casi no había gigantes en la poesía por aquel entonces, pero aún quedaba sobre la Tierra el resquicio de un antiguo murmullo nocturno, compuesto por artistas, soñadores, bohemios, navegantes, y derrotados.

Pero poco o nada le importarían todas estas cosas a Mr. Insondable, pues ya desde muy niño mostró una clara predilección por la ciencia, la lógica y la razón.

Absorbía con gran rapidez cualquier tipo de metodología, y poseía una gran habilidad para detectar  los patrones. Se sentía incómodo en ambientes cargados de ambigüedad, pues la incertidumbre tan pronto le estimulaba como le ponía nervioso.

Su madre trabajaba en una tienda de antigüedades, y su padre era soldador. Ambos eran personas humildes, benevolentes, justas y cariñosas. Y así, con paciencia, protección y una buena dosis de alteridad, fueron forjando el carácter de su hijo que, salvo algunos episodios de rabia incontenible, mostraba por lo general un temperamento bueno, sosegado y tranquilo.

Sin embargo, si alguien tiene un diestro manejo de las criaturas y los destinos, esa es la tristeza. Mr. Insondable siempre supo que había dentro de sí mismo algo que no funcionaba con normalidad. Pues cuando los demás reían y abrazaban él no sentía necesidad de contacto físico alguno, y allí donde otros niños se hubieran sentido solos o desamparados, él hallaba la paz.

Nunca dijo ni media palabra al respecto, pero poco a poco fue convenciéndose de que había un universo de emociones y sueños que él no llegaría a saborear ni a experimentar jamás.

Porque había nacido maldito, maldito y defectuoso. Y aquellos lugares a los que el común de los mortales tenemos acceso de manera innata, le habían sido vetados injustamente, sin un por qué y sin una explicación. Y tanto le dolía pensar en esto que a los seis años no pudo evitar sentir, por primera vez, una fugaz punzada de envidia al contemplar con qué intensidad jugaban y reían sus compañeros de colegio.

Pero pocas son las cosas que escapan a la atenta mirada de una madre, y la suya no tardó en darse cuenta de que, lo más parecido a la felicidad que su vástago experimentaba por aquellos días, era ese extraño sentimiento de satisfacción que le invadía cuando era capaz de superar, e incluso eliminar, cualquier tipo de incoherencia o limitación perteneciente a la raza humana.

Y no solo eso, sino que breve, muy breve resultaba aquella singular alegría, pues una vez conseguido su objetivo, lo que le había obsesionado por completo o bien era olvidado con la rapidez del rayo, o bien pasaba a aburrirle profundamente.

Su curiosidad y su ambición espiritual no conocían límites y, prácticamente por norma, aquello que había sido capaz de acaparar su atención y de inspirarle durante horas, era exactamente lo mismo que más tarde provocaba en él un violento y tiránico rechazo.

Era Mr. Insondable un gran estratega, pero sin duda alguna sólo jugaba para divertirse. Nunca hubo, ni siquiera años después, otra finalidad ni intención en ello.

Claro está que este desapego y esta frialdad preocupaban muchísimo a su madre, del mismo modo que lo hacía el hecho de que el niño a veces se mostrara extremadamente egocéntrico y consentido, o hiciera alarde de un elaborado cinismo aderezado con algunas pinceladas de cruel sinceridad.

Pero si había, por encima de todas estas cosas, una que en especial preocupara a su madre hasta el punto de robarle la tranquiidad, el descanso y el sueño, era el hecho de que NUNCA en su vida había visto a su hijo derramar ni una sola lágrima, ni de tristeza ni de alegría.

Hacía poco que Mr. Insondable había cumplido los siete años cuando Mia, su mejor amiga de la infancia, se desnucó al saltar desde una de las rocas más grandes del río.

Ni aun entonces lloró, y eso que estaba destrozado por dentro.

Aquella misma noche su madre, al borde del desespero, le habló de la Muerte, del vacío que dejan las personas al partir y de cómo nosotros podemos hacerlas inmortales a través de nuestra memoria. Le explicó tan bien como supo la posible existencia de Dios, y construyó para Mia uno de los cielos más hermosos que el ser humano haya podido crear. Imploraba en secreto que su hijo mostrara un sentimiento, fuera el que fuera, uno que demostrara que entendía algo de lo que significaba aquella tragedia. Y Mr. Insondable, después de escuchar atentamente a su madre durante casi dos horas, no solo demostró haber entendido  ya hacía mucho tiempo y a la perfección aquella tragedia, sino que, con un tono que pudiera malinterpretarse como indiferencia, aún le habló a su madre de muchas otras tragedias que ella desconocía. Aquel fue el día en que desarrolló una especie de obsesión, si no por Dios, por el no-Dios. Obsesión que le acompañaría durante muchos años y a través de incontables infiernos.

No es de extrañar por tanto que, tras la agotadora batería de pruebas médicas y temiendo haber engendrado en sus propias entrañas a un ser sin alma, su madre dejara escapar un largo suspiro de alivio cuando el doctor pronunció: “Tranquilos, es solo un cierto grado de Asperger, es completamente tratable. Con una buena terapia y entrenamiento cognitivo- conductual superará muchas de sus limitaciones emocionales, y desarrollará nuevas habilidades comunicativas.”


Y en verdad que no debía preocuparles en absoluto que a Mr. Insondable, a veces, le sobrara el corazón. Pues existen pasiones en este mundo que son mucho más fuertes y brillantes si arraigan en nuestra mente.

Años después visitaría lugares violentos y oscuros, parajes a los que muy pocos logran acceder (como mucho algún Dios excéntrico). Y aunque descubrió en la ira una nueva forma de estar vivo, lo cierto es que mantenerla encendida todo el tiempo le resultaba imposible y agotador. Después de todo: “si hay un tipo de guerras de  las que jamás podremos salir ilesos son, precisamente, las que libramos contra nosotros mismos.”

Así fue como, una vez hubo comprendido todas estas cosas, Mr. Insondable fue anidando en su interior la paciencia, la sensibilidad, la madurez y  la calma.

Y cuando vio por primera vez a Idalia tuvo miedo al pensar que, tal vez, aunque fuera a su manera, estaba sintiendo aquel vértigo maravilloso por primera y última vez.

Desde entonces y para siempre una nueva aura, extraña y hechizante, se instaló  en su mirada, mezcla perfecta de azul, gris y misteriosa insolencia.

Quizás ahora un poco más triste, pero mucho más profunda y extremadamente bella, como solo puede ser la aceptación.

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El sonido ensordecedor del timbre irrumpe en el aula sorprendiendo a más de uno y anunciando el final de la clase. Me apresuro a recoger mis pertenencias mientras, a fin de acordarme, repito para mis adentros:


 “Una palabra: Alteridad. Alteridad para ellos y para nosotros. Alteridad para cualquiera. Alteridad para todos. Pues sin alteridad no hubo, no hay  y no habrá nunca, comprensión posible.”


[Las increíbles ilustraciones pertenecen, por orden de aparición a : Audrey Kawasaki, Chiara Bautista, Caroline Jamhour, Chiara Bautista, Shannon Bonatakis y Chiara Bautista. ¡Magia pura y en vena!]

jueves, junio 16, 2016

MIEMBROS FANTASMAS



Son las tres de la mañana y llueve a cántaros sobre la ciudad. El viento huracanado agita las copas de los árboles y filtra a través de mi ventana una vorágine de olores y sonidos. Me gustan las tempestades nocturnas desde que tengo uso de razón.

Lo cierto es que nunca fui uno de esos esos seres a los que asusta este temporal, ni siquiera cuando era una niña. Y es que hay personas que parecen haber nacido para vivir bajo el sol, solo bajo el apacible y cálido manto del sol... supongo que a mí no me criaron de ese modo.

Todas las ciudades, si se las mira de cerca, están malditas…y ésta no es una excepción. Está tan llena de heridas, vacíos y ausencias como cualquier otra y habitan en ella, en cada uno de sus recovecos, miles de fantasmas.
Miro de soslayo mi última cicatriz y me encuentro con que lleva tu nombre (y eso que de verdad creía que ya no tenía ni me quedaba espacio para ninguna más). La miro y siento la contrariedad que produce que, contra todo pronóstico, aquello que debió matarnos no lo hiciera.

Confieso que alterabas mi oxitocina sin ni siquiera tocarme y no miento si digo que hubiera dado parte de mi Reino por contemplar qué escondías en el vórtice de tu cabeza. De hecho, hubiera besado todos y cada uno de tus miedos hasta destrozarme los labios.

Aún conservo el mapa que trazamos en secreto, nuestro plan maestro para iniciar el éxodo a las estrellas. ¿Cómo no iba a enamorarme? Si dormir a tu intemperie me parecía lo más natural del mundo, como si hubiera nacido para aletear entre tus brazos.

Y aunque siempre supe que no saldría ilesa de ti, pues guardabas veneno en una de tus pupilas y antídoto en la otra…
Un grito de dolor perfila e interrumpe mis pensamientos. Repentino, terrible… Inunda la estancia como un acelerador de partículas que invierte la polaridad de mis sentimientos. Coloniza las calles… como si hubiera querido desgarrar adrede la profundidad del silencio.
 La lluvia incrementa en intensidad y violencia, estalla contra el suelo dejando entrever la miseria por las rendijas de los hogares-alcantarilla.
Durante un segundo puedo ver como se tambalea la fe que, como siempre, se ceba sobre la esperanza de los inocentes y los justos.

  Agudizo mis sentidos porque soy consciente de que, en mitad de la tormenta, es fácil confundir al enemigo.

En el 202 escucho jadear a Lamia. Le duele mucho. Muchísimo.

Lamia es hija de una madre bondadosa y un padre ex alcohólico. Cuando su padre empezó a beber tuvo que dejar su vida entera de lado, incluida su carrera de bailarina.

Fue en verdad una época muy dura, pues con tan solo 21 años Lamia ya cargaba con una responsabilidad inmensa, impropia para una chica de su edad.

Trabajaba durante el día y estudiaba por las noches, siempre que el cansancio se lo permitía.

Estaba continuamente pendiente del teléfono, pues raro era el día que no la llamaran de cualquier garito de mala muerte para que fuera a buscar a su progenitor, o mejor dicho: a lo que quedaba de él.

La verdad es que apenas habla de aquel infierno: Hospitales, dos intentos de suicidio, un insomnio perpetuo y lacerante… y miedo…mucho miedo.

Esa fue la primera vez que Lamia sufrió una amputación: le arrancaron su inocencia y tuvo que matar una parte de la niña que había sido hasta entonces para poder sobrevivir. El dolor fue insoportable, pero ignoraba que lo peor aún estaba por llegar.

Cuando yo la conocí ya le faltaba la pierna izquierda.

Una tarde acompañó a su padre al centro de rehabilitación. Estaba muy enfermo y sufría el delírium trémens, lo que vulgarmente se conoce como “síndrome de abstinencia del alcohol”, sin duda la fase más aguda y más terrible de esta enfermedad. Dada la gravedad de su situación los médicos sentenciaron que su padre no estaba en plenas facultades mentales para decidir nada que concerniera a su propia salud, y aconsejaron ingresarlo durante unos días para que pasara el mono en el hospital. Pero Lamia quería a su padre, pese a todo… y aquella imagen le destrozó el alma.

Aún hoy, jura que jamás ha vuelto a ver sobre la tierra a un ser tan destruido como el que vio aquel día al mirar a su padre.

Así que, desatendiendo todos los consejos médicos, los cuáles le advertían que era peligroso para su integridad física llevárselo en esas condiciones, (por lo visto los pacientes aquejados de delírium trémens sufren alucinaciones y suelen ponerse muy violentos), Lamia demostró una vez más ser una experta confundiendo a los demonios.

Lo que tuvo que aguantar aquella tarde y aquella noche jamás ha salido de los desvanes de su memoria, y no va a hacerlo ahora. El caso es que, después de aquello, su padre consiguió superar su adicción.

Dos meses más tarde un conductor borracho y fiel devoto de los libros de  Paulo Coelho se saltaría un semáforo en rojo llevándose a Lamia por delante.

Como suele decirse en estos casos: Hicieron lo que pudieron… pero llegó la gangrena, y con ella la amputación de su pierna izquierda.

Después de aquello Lamia no volvió a soñar, al menos no del mismo modo. Tampoco volvió a bailar.

A veces, y en especial en noches como esta (imagino que debido a la humedad del ambiente), Lamia despierta empapada en sudor y gritando de dolor. Es su miembro fantasma.

Al parecer es bastante habitual en las personas que han sufrido amputaciones. El cerebro sigue teniendo un área dedicada al miembro amputado, y ante la ausencia de estímulos de entrada el área que contenía al miembro genera por su cuenta las sensaciones que considera coherentes.

En pocas palabras: Lamia sigue sintiendo su pierna, aunque ya no esté. Y a veces le duele. Le duele muchísimo.

Dentro de poco empezará a ensayar sus primeros pasos con una pierna biónica. Dice que, en cuanto la tenga dominada, echará a correr y ni siquiera el más veloz de la tribu de los Tarahumara (Rarámuri) será capaz de alcanzarla. A mí, desde luego, me tiene más que convencida.

Lamia ya no jadea, pero la tempestad  sigue su curso…conmigo dentro, con mi total falta de empatía para con los estoicos y con mis infinitos ángulos muertos (tal vez hablemos de ellos en otra ocasión).

Miro de nuevo la cicatriz que lleva tu nombre y que recuerda al rayo en la tormenta, mientras mi  cerebro y mi corazón saborean la decepción al unísono, como un ingrediente capaz de enloquecer a las mariposas de mi estómago hasta conseguir que se arranquen la alas.

Eres uno de mis miembros fantasmas y como tal, en noches como esta, me dueles… aunque ya no estés.

Todo lo que en su día perdimos, nos fue arrebatado o nos amputaron…nos duele.  

¿No os había dicho ya que, si se rasca un poco el cielo, al final se ve el infierno? Pues este cielo no es una excepción. Y el infierno solo es soportable para aquellos que están de paso.

Todas las ciudades, si se las mira de cerca, están malditas… sospecho que la misma Vida lo está.
Nos lleva en sus entrañas, formamos parte de ella, atentamos contra su voluntad, la herimos de muerte, la envenenamos, la abandonamos, desparecemos, nos amputa…

 Y, aun así, le seguimos doliendo.



Favole Molpe la Musa