martes, enero 24, 2006

¿Quieres que te hable de cuando el sol se enamoró de la luna?


El sol siempre había temido extender sus rayos, así que un día decidió crear un ejército de nubes, un frágil séquito que tenía como misión ocultarle y protejerle. Pero era demasiado fácil para la luna percibir su luz a través del cielo, pues grácias al maravilloso e inexplicable orden natural ella debía permanecer sentada detrás de él toda la eternidad, hasta que el sol se consumiera, hasta que el ciclo natural decidiera poner fin a su existéncia...
Durante siglos le había observado, el calor que desprendía había penetrado hasta el frío interior de la luna, y ésta acabó sucumbiendo a su magnetismo, a su fuerza, a su belleza ancestral.
No obstante el sol seguía sufriendo en silencio, estaba condenado a crear vida sin vivir, sin que los ciegos ojos mortales apreciaran su brillo. Se ocultaba, temía cegarles, el rey celestial tan solo ansiaba su muerte.
Pero llegó el día en que el sol, escondido tras su suave y volátil muro de sueños, descubrió que cada vez que el desaparecia una extraña tristeza se apoderaba del cielo. Unos extraños gemidos inundaban la tierra y los seres humanos recibían el impacto, a veces ténue, otras veces violento, de unas angustiosas lágrimas.
Fue en ese preciso momento cuando el rey contempló por primera vez a la luna. Sintió su dolor y su llanto, su silencio y su soledad... y se enamoró perdidamente de su magia.
La convirtió en su reina, en su musa y hechizera. Fabricó un gran manto de puntos luminosos y los colocó alrededor de ella, un gran tapiz de pequeñas estrellas... y se complacía mirando como era ella la que más brillaba, la dama de la noche, a quien todos admiraban y soñaban con tocar.
Pero el destino es caprichoso y su condición de gobernantes les prohíbia estar juntos. Él debía ser el vigía durante el día, ella durante la noche. Jamás podrían tocarse, él jamás podría acariciar los suaves hilos de su pelo y ella jamás podría sentir su cálido abrazo.
Pero algo sucedió al margen de la voluntad del azar y el destino, y el mundo contempló atónito el nacimiento de una fuerza superior a cualquier otra conocida, una energia trascentental e indescriptible, más intensa incluso que aquello que los mortales llaman amor... Esta energía otorgó a la luna y al sol un abanico de breves instantes en los que su unión sería posible.
Desde entonces la humanidad, necia y egoísta, muestra una misteriosa fascinación cada vez que hay un eclipse. Y lo admira, y lo adora, y se siente vulnerable creando de forma inconsciente un vínculo con los dos amantes.

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