Sinceramente ojitos tristes... ¿has conocido alguna vez en toda tu vida a dos seres que se hayan amado así?

“Varias muchachas de largos cabellos emergían de las aguas infestadas de carencias, Liberándose de las ciénagas donde el vacío y el olor a muerte asfixiaba el canto de los sapos, aparecieron ante Favole las esperpénticas hadas del desamparo.
Escucha el silencio… en mi reino la vida no existe, pero algo nos une a ella…”
Favole. Gélida luz
Caminaba entre árboles cubiertos de nieve. El paisaje bucólico se había convertido en un paraje desolador, frío y silencioso. La primavera había desaparecido para siempre de su mirada y las flores menguaron en una danza mortal que las condujo a la perdición. Le miró por última vez tratando de encontrar un aliento de vida en sus ojos, pero aunque lo hubiera conseguido era ya demasiado tarde… y con sus largos cabellos ondeando al viento dio media vuelta y desandó el camino andado, se perdió para siempre entre las desnudas ramas de la melancolía y se alejó de aquel lago convertido en hielo, hielo que ardía en la piel. Con expresión lánguida dejó caer una lágrima azul, una lágrima, aunque quizá fue la última, la que más dolió, la que marcó para siempre el blanco camino, dejando un profundo estigma, grabando en sus adentros el lugar donde murió el amor con un suspiro… y maldijo y amó aquel segundo como si hubiera sido el único de su vida… no volvió la cabeza hacia atrás, se llevó abrazado a su alma aquel recuerdo doloroso al que besó una primavera… una primavera que ya no podía volver, que se perdería en el santuario del tiempo y quedaría inmortalizada en cada pliegue de su espíritu, en cada gesto de sus manos , en cada aliento que se apresura
ba a escapar de su corazón.
“…Tú…Tú por siempre… Tú, pieza única y diferente…”
Y sin pisar el suelo, en la más profunda oscuridad de los pasillos de su castillo, siente como vuela, como se desvanece, como se funde con el aire todo lo que alguna vez creyó que era bello. Como un espectro invisible que apenas logra sostener el candelabro en sus manos vaga por las estancias… pero ya no queda nada, tan solo el vacío del alma que devora la luz como un agujero negro insaciable. En los torreones es más fácil soñar, y como un vigía espera un rayo de sol en el horizonte, una chispa de creación que detenga con ternura a la nada… la nada que se acerca a su pecho, e impotente se va sintiendo extraña, diferente, metamorfoseada…
Bailando entre bailes de máscaras, donde se esconde el rostro de un amor perdido, donde las lágrimas no pueden ser vistas, donde todos los deseos juegan al escondite y dejan entrever sonrisas sensuales de fantasía. Consiguió llegar a aquel reino sagrado y maldito, aquel lugar que un día creyó que sería un santuario e
terno… Se sentó en el Puente de los Suspiros, ella deseba que aquellas aguas fueran azules, pero no lo eran, y por primera vez en su vida comprendió que quería decir ser de piedra. Piedra fuerte, inalterable, que no se inmuta, que guarda témpanos de hielo en el corazón… ella se había vuelto de piedra, como aquel puente mágico que escondía mordiscos en los cuellos vibrantes de vida. Se esforzó por recordar aquel olor familiar, pero sintió el golpe del tiempo, de ese tiempo que nos cambia por dentro… y supo que jamás volvería a ser la misma después de aquello. Sin máscara y en soledad contempló el canal Veneciano, mientras imaginaba sentimientos que ya no era capaz de sentir, pensando que la felicidad no yacía en aquellas aguas… nadie supo jamás lo que fue sentirse desterrada, alejarse de su castillo y de su hogar, de su fortaleza, de todo aquello que conoció y amó. Bajo un cielo oscuro ensució su pureza y su inocencia con el miedo metido en las venas, con el silencio envenenándola de nostalgia… y vestida de luto acudió al entierro de su fe con la resignación anclada en sus entrañas. Noches de terciopelo, suaves besos de otoño, debe alejarse, lo sabe, dejarlo todo atrás de nuevo… y esta vez para siempre, dejar que todo se desvanezca en la niebla de lo que no pudo ser. Albergó la duda y el desconcierto, y la espera de lo que nunca iba a llegar se convirtió en ansia, delirio, desesperación y locura. Coronas de espinas, iglesias derruidas, ángeles sin alas… ¿Cómo despertar algo que ha muerto, que no existe? Inquietud como estado permanente. Mirando
de soslayo divisó dos caminos, pero se quedó sentada sin saber a donde ir. Hacia delante, sí, pero mirando hacia atrás por si vuelve a sentir la perfección de la caricia, como una niña perdida que desconfía de los vientos que cambian repentinamente las cosas de sitio. Y emprendió de nuevo el camino, se lanzó a la madriguera de conejos que no sabía a donde conducía, vio espirales de magia entre palabras de sueños, y promesas vanas de eternidad. Encontró piedras de colores predispuestas a lo largo del sendero… las abrazó, las recogió, y las convirtió en amuletos que encierran la fe de la espera. Y ahora siente la búsqueda como estado permanente. Limpiezas de alma, gotas frías del manantial de las montañas sobre su frente, lágrimas que amplían su mirada, la mirada del que no sabe lo que busca, pero sabe que no lo ha encontrado. Árboles milenarios intentando crear un lenguaje nuevo e inamovible, ¿Cómo saciar el alma cuando se han perdido las coordenadas y el destino? Las trompetas del gran juicio resuenan entre los carruseles infantiles, las máscaras se convierten en poderosos artilugios que esconden la esencia vital de la pureza natural y ancestral. Con el hedonismo del peregrino sigue devorando tiempo y espacio, recuerdos y laberintos de fechas y nombres. Trajes, trajes de melancolía que se ciñen a la piel, ojos de cristal que reflejan mil realidades distintas, jardines de orquídeas que no necesitan agua para seguir creciendo… orquídeas huérfanas que saben vivir de una alegría. Música celestialmente atronadora en sus oídos, envolviendo la niebla y el sendero que conduce a ese cementerio de sueños al que acabamos regresando una vez tras otra… y conocemos tan bien ese lugar que llegamos a él sin apenas levantar la vista del suelo.
Luchas perdidas, eternas tempestades, ramas de árboles sabios y antiguos y que se secaron para siempre… ¿porqué?, ¿porqué cuesta tanto encontrar el reflejo verdadero? Miradas perdidas, el encuentro cara a cara con nuestro “yo” más profund
o, que desea seguridad y se alimenta desesperado de impulsos adolescentes, el angustioso “ser o no ser”, “te amo o no te amo”, la eterna elección de la que no podemos huir y que alberga sueños imposibles, que vuelve a crecer con aquellas lilas que solo se abren con la luna llena. Ya no hay mampara de cristal protegiendo la flor del destino… y se oculta en el campanario de Notre Dame, envuelta por el olor a incienso y a fe desmedida, envuelta por el silencio de unas gárgolas lúgubres que anidan en el seno de profundos misterios. Plegarias, súplicas, almas atormentadas esperando un milagro y enamorando a sus sentidos, arte en estado puro, el arte que nos enseña y nos acoge como una madre… y su musa murmurándole al oído con una dulce voz:
-“Acude al bosque de Sherwood… y busca a Robin Hood…”
"Encontré una dama en los campos muy hermosa… como doncella de un cuento, su cabello era largo, sus pies ligeros y sus ojos salvajes. Tejí una corona para su cabeza y también brazaletes, y un fragante ceñidor, me miró como si amara, y dejó escapar una dulce queja.
Le Belle Dame de Sans Merci 1795-1821







