El Laberinto de la Duda
Cuando tenía siete años se perdió en uno de esos laberintos de espejos típicos de los parques de atracciones. Sola, sin más luz que la que proyectaban unas pequeñas bombillas en el suelo, logró llegar hasta el centro...y se quedó allí, sentada, quieta. Sus padres le habían explicado que cuando un niño se pierde tiene que quedarse inmóvil en algún lugar, para que puedan encontrarle, para que puedan ir en su búsqueda. Efectivamente, después de unos minutos que parecieron eternos, fue rescatada de aquel agujero negro de reflejos, mientras lloraba y lloraba... lágrimas de miedo, de felicidad y de alivio. Su inconsciente jamás olvidó aquel episodio, y cuando creció comprobó que un ser adulto revive esa escena cientos de veces a lo largo de su vida. Ella había recorrido miles de laberintos, se había perdido mil veces, había sentido el miedo, y la soledad también. Aprendió con tristeza que cuando uno crece hay una terrible diferencia en la historia: no siempre vienen a buscarte. Hay que moverse, ya no vale quedarse sentado, debemos encontrar la salida por nuestro propio pie. Muchas fueron las veces que pensó con tristeza: "Arriba niña, nadie vendrá a rescatarte esta vez", y a tientas y sin mapa logró salir, y pudo ver de nuevo el brillo del sol. Sin embargo desde entonces, desarrolló una cierta aversión hacia la oscuridad, que aún hoy, no ha sido capaz de superar del todo ;)
Y entre sombras y luces aquella niña-peonza siguió rodando, a veces con fuerza, a veces dejándose llevar por el viento. Descubrió que el peor de los laberintos era el del miedo...La duda, poderosa arma, que nos hace perder, que nos hace ganar, que nos arrastra a través de todos nuestros infiernos interiores...y el miedo de nuevo... a veces es hermoso sentir miedo, ¿verdad? Se siente miedo cuando se tiene algo que perder... Ella tenía miedo. Conocía la salida de aquel laberinto, pero de nuevo se quedó allí sentada, quieta e inmóvil... porque siempre le pareció más bello creer que cuando nos perdemos tenemos que quedarnos quietos, para que puedan encontrarnos, para que podamos ser rescatados...simplemente siempre le pareció más entrañable pensar que alguien vendrá a buscarnos.Dicen que las palabras se las lleva el viento... yo me reafirmo una vez más en la idea de que las palabras que se dicen con el alma, y que sentimos ciertas, no desaparecen con la tormenta... tan solo se hacen más amargas.










