viernes, mayo 06, 2011

Déjà vu

Un ruido me despierta de madrugada: hay un hombre vociferando en las calles. Escupe y grita encolerizado frases racistas. No solo me despierta a mí, también despierta a mi sentimiento de vergüenza ajena. Supongo que un juicio dictaminaría que su defensa es tan desesperada como su situación, pero estoy aún demasiado dormida para pensar… o tal vez no.

Maravilloso…esta será la excusa perfecta para mi insomnio, lo sé.

La mayoría de las veces el subconsciente es un aliado, otras sin embargo se convierten en un enemigo que está esperando cualquier debilidad, cualquier suceso externo, cualquier pliegue de nuestro metabolismo humano para apoderarse de nosotros sin piedad alguna.

A veces en una ciudad como Barcelona a una le falta el aire, por muchos motivos. Desde una pelea en plena calle a un insistente mosquito tigre, desde la celebración de la victoria de un determinado equipo de fútbol que se estira hasta unas horas intempestivas, hasta la divagación sobre la muerte más surrealista y triste que se nos pueda ocurrir a las 5:30 de la mañana.

El caso es que hay que abrir los balcones, desabrochar el alma, encender un cigarrillo, poner en marcha la maquinaria cerebral y ceder al impulso de desahogarse…nos guste o no. Es la única manera de hallar la paz. Al menos yo no conozco otra.

Cuando una se ahoga de esta forma, cuando el aire está tan viciado que ya no se puede respirar, cuando literalmente nos hundimos y damos sobre nuestro propio eje y nuestra propia cama las mismas vueltas, es hora de levantarnos, caminar por la casa descalzos y no mentirle más al reflejo que nos devuelve el espejo. Ha llegado la fatídica hora de enfrentarse con uno mismo.

Posiblemente descubramos unas ojeras de espanto, un cansancio profundo debajo de nuestros parpados, una expresión de aturdimiento y desesperanza en nuestras pupilas…pero no hay nada que no podamos aliviar un poco lavándonos la cara, tomándonos una copa o llenando de palabras un papel en blanco, de esos tan impolutos que destilan insolencia con su saber estar desafiante.

Por algún motivo cuando pensamos en la figura de un escritor la mayoría de nosotros nos lo imaginamos con un séquito de bolas de papel arrugadas esparcidas por el cuarto, un ejército de borradores que han muerto a manos de su propio creador y que han ido ganando terreno sobre muebles y suelo.

La verdad es que esta proyección mental tiene un porqué: esta imagen es completamente cierta. Más verídica de lo que me gustaría admitir.

Cuando escribimos creamos una especie de microcosmos caótico a nuestro alrededor, con todos los elementos que esto conlleva y que podemos necesitar: tabaco, desgana, alcohol, sueño interrumpido, café, recuerdos, bolígrafo, melancolía, ropa para cubrirnos desperdigada por la estancia, algo de tristeza, kleenex, una mezcla de rebeldía y meditación a la que añadimos una pizca de mal humor… y para más inri nuestros sueños y nuestras pesadillas, que nunca nos abandonan. Añadámosle a todo eso un suave toque de sensación de Déjà vu y nos encontraremos con el cóctel perfecto para perder un rato la cabeza.

Un momento: quizás debería retomar el hilo.

Antes de que el hombre que vociferaba en las calles me despertara estaba soñando contigo. En realidad supongo que ya no tiene ninguna importancia, y menos a estas alturas. No, no tiene ninguna importancia… es tan solo que me molesta muchísimo.

Después de todo he jugado todas mis cartas, y tú has hecho lo mismo…ya no quedan ases para jugar.

Hoy comprendo que fui una estúpida desafiando las reglas. Y aunque nos unían muchas cosas al final nos separó la vida…y curiosamente será esa misma vida la que decida lo que tengo que aguantar, no tú. Triste, muy triste final para un cuento…amigo.

Al menos me hubiera gustado decirte dentro un sueño que me marcho, al menos eso…que tengo la sensación de que voy a tardar en volver a esta ciudad, que no sé porqué tengo el pálpito por primera vez en mi vida de que jamás volveremos a vernos. No sé si lo que siento es miedo, solo sé que a veces en una ciudad como Barcelona a una le falta el aire, se ahoga, y sin embargo…son este tipo de ciudades las que echamos de menos, pese a todo.

Supongo que ahora mismo un juicio dictaminaría que mi nostalgia y mi defensa es tan desesperada como mi situación, pero es que aún estoy demasiado dormida para pensar… o tal vez no.

Y es que puede que al final lo que deseamos no sea vivir un sueño, ni domar lo indómito, ni tener todas las utopías del mundo a nuestros pies. Puede que al final no queramos un cuarto lleno de borradores arrugados, ni un sentimiento tan cierto como un instante de Déjà vu, ni tomar aire, ni andar descalzos, ni bebernos una copa, ni meditar, ni encender un cigarrillo.

Puede ser que al final, en momentos como estos, lo único que queramos de verdad con todas nuestras fuerzas sea llorar…y no podamos.