domingo, junio 26, 2011

CAMELOT

Me inventaré un cuento donde seamos eternos, un cuento dónde al final (por una vez) todo salga como yo esperaba y como imagino que tú, en el fondo, siempre quisiste. Porque cuando nos enfrentamos a la muerte, cuando la contemplamos cara a cara y de cerca durante meses, cuando sentimos alrededor y dentro de nosotros ese absurdo, esa carencia, esa “nada” que se nos escapa y contra la que no podemos luchar, esa “nada” que lo arrasa todo excepto los recuerdos… cualquier idea resulta una “buena idea” y cualquier explicación es aceptable para sobrevivir esquivando los daños colaterales de esta existencia ilógica.

He tardado una semana en lograr escribir estas líneas, no me avergüenza confesar que te he llorado tanto que me siento seca, como si se me hubiera deshidratado el alma. Todo ha sido tan raro e inexplicable, rápido y desconcertante…como el más cruel truco de Magia, como aquel escapismo perfecto, que hace que los seres desaparezcan, que lo que estaba hace un segundo ante nuestros ojos ya no esté. ¿Todo ha salido según lo planeado?, ¿La Magia acaba siempre por ser truco?

Me gusta pensar que si de verdad existe otro lugar tienes que estar riéndote mucho contemplando “el método” desde otra perspectiva, viendo lo simple y banal que al final resulta la raza humana…como un suspiro en el cosmos, nada más…un suspiro intrascendente y terrenal.

Te pasaste la vida buscando el Santo Grial o, en su defecto, aquello que más se le pareciera. Creías en la eterna juventud, creías en ello de verdad. Algo poco frecuente en las personas a las que la vida les ha obligado a madurar muy deprisa. Te aterraba desaparecer sin dejar rastro ni huella (sospecho que tanto como a mí), y soñabas con viajar y descubrir secretos (te alegrará saber que sí has dejado huella y rastro finalmente, como lo hace una estrella fugaz en el firmamento).

Soñabas con encontrar una hermosa fuente, una gota de agua milagrosa, un ermitaño sabio de los que ya no quedan, un guía, la clave, lo inamovible, la Caja de Pandora, la Mano del Rey Midas, la carne de Sirena, las recetas ocultas de los Alquimistas, la pipa de la Paz de los Indios…

Soñabas…quizás este aspecto de tu persona fue siempre el más desconocido para todos aquellos que llegaron a “conocerte”. Soñabas todo el tiempo, nunca era suficiente para ti…y lo sé porque sé que eso lo he heredado de ti.

Buscabas el Santo Grial… y de algún modo viviste toda tu vida, cuál Caballero Artúrico, luchando y defendiendo aquello en lo que creías, pues tu fuerza siempre fue la del joven y bravo Lancelot, pero era la firmeza de tu corazón, la intrincada y madura fe de tu espíritu tardío (y, en última instancia, atemporal) la que sin duda alguna te convertiría al fin en el mismísimo Rey Arturo.

Buscabas el Santo Grial, esa fue siempre tú mayor pasión... y necesito pensar que al final lo encontraste, que ahora ya eres eterno…que solo hacía falta “ir más allá” en tu hazaña…

Y tú, valiente, lo hiciste, cruzaste el Puente de Plata…y te dejaste ganar en la última batalla porque habías comprendido que solo de esa forma vencerías para siempre. Y se acabó el dolor, y los hospitales, y el luchar continuamente por sobrevivir. Te marchaste con tu espada Excalibur a librar batallas más importantes, quizás simplemente este mundo ya no podía abarcar tus sueños.

Egoístamente me hubiera gustado que tardaras un poco más en sentarte en la Mesa Redonda, nos faltó tiempo para muchas cosas y sé que pensaste más de una vez en los últimos días que no habías sido suficiente para mí y que no me merecías como hija, ni a tu lado. No es cierto, ojalá pudiera hacerte llegar aunque fuera tan solo este mensaje: No es cierto.

Heredé de ti posiblemente los tres aspectos más característicos de mi persona, aquellos tres que me han hecho tan y tan fuerte, aquellos que me han salvado en más de una ocasión: Mi pasión por los libros, mi firme creencia en todo aquello que está oculto, y el más importante: una capacidad ilimitada para soñar. Ese ha sido mi legado, y no me quejo ¿qué más podría pedir? Sé que si me faltara tan solo una de estas tres cosas estaría literalmente perdida.

He de reconocer que a ratos me cuesta horrores entender porqué no estás aquí… entonces recuerdo que cuando era pequeña y no conseguía dormir me decías que para viajar muy lejos, a lugares fantásticos y hermosos, solo tenía que tumbarme y cerrar los ojos.

-“¿Y no necesitaré moverme de la cama?”- te preguntaba yo atónita.

-“Oh”…-contestabas- “Claro que te moverás, volarás muy deprisa, te irás muy lejos. Es la única manera que tenemos de recorrer largas distancias en una sola noche.”

Y me lo explicaste tan bien…que aún me lo sigo creyendo. Solo que ahora cierro los ojos y no sé a dónde ir, porque no sé dónde puedo encontrarte.

Me siento desorientada y extraña, como si el mundo hubiera cambiado para siempre y me fuera de nuevo desconocido y poco familiar. Como si hubiera vuelto a nacer, o me hubiera hecho grande de golpe. Siento como si tuviera que volver a empezar en un escenario diferente, del que ya me conozco los escondites y las esquinas, los callejones oscuros y los tugurios donde venden ese elixir que alegra al corazón cansado…pero un escenario del que, en el fondo, no sé y nunca sabré nada de nada. Un escenario que me engaña, que esquivo, que contemplo como si lo hiciera por primera vez.

Sé que todo va a ser distinto a partir de ahora, y también sé que no sirvo para decir adiós… ya lo sabes… no puedo… no puedo…no sirvo.

Tan solo…espérame en Camelot ¿vale? No puedo decirte cuando, pero volveremos a vernos. Cuando llegue mi momento sabré encontrar el camino.

Te lo prometo.

Te quiero.