jueves, junio 16, 2016

MIEMBROS FANTASMAS



Son las tres de la mañana y llueve a cántaros sobre la ciudad. El viento huracanado agita las copas de los árboles y filtra a través de mi ventana una vorágine de olores y sonidos. Me gustan las tempestades nocturnas desde que tengo uso de razón.

Lo cierto es que nunca fui uno de esos esos seres a los que asusta este temporal, ni siquiera cuando era una niña. Y es que hay personas que parecen haber nacido para vivir bajo el sol, solo bajo el apacible y cálido manto del sol... supongo que a mí no me criaron de ese modo.

Todas las ciudades, si se las mira de cerca, están malditas…y ésta no es una excepción. Está tan llena de heridas, vacíos y ausencias como cualquier otra y habitan en ella, en cada uno de sus recovecos, miles de fantasmas.
Miro de soslayo mi última cicatriz y me encuentro con que lleva tu nombre (y eso que de verdad creía que ya no tenía ni me quedaba espacio para ninguna más). La miro y siento la contrariedad que produce que, contra todo pronóstico, aquello que debió matarnos no lo hiciera.

Confieso que alterabas mi oxitocina sin ni siquiera tocarme y no miento si digo que hubiera dado parte de mi Reino por contemplar qué escondías en el vórtice de tu cabeza. De hecho, hubiera besado todos y cada uno de tus miedos hasta destrozarme los labios.

Aún conservo el mapa que trazamos en secreto, nuestro plan maestro para iniciar el éxodo a las estrellas. ¿Cómo no iba a enamorarme? Si dormir a tu intemperie me parecía lo más natural del mundo, como si hubiera nacido para aletear entre tus brazos.

Y aunque siempre supe que no saldría ilesa de ti, pues guardabas veneno en una de tus pupilas y antídoto en la otra…
Un grito de dolor perfila e interrumpe mis pensamientos. Repentino, terrible… Inunda la estancia como un acelerador de partículas que invierte la polaridad de mis sentimientos. Coloniza las calles… como si hubiera querido desgarrar adrede la profundidad del silencio.
 La lluvia incrementa en intensidad y violencia, estalla contra el suelo dejando entrever la miseria por las rendijas de los hogares-alcantarilla.
Durante un segundo puedo ver como se tambalea la fe que, como siempre, se ceba sobre la esperanza de los inocentes y los justos.

  Agudizo mis sentidos porque soy consciente de que, en mitad de la tormenta, es fácil confundir al enemigo.

En el 202 escucho jadear a Lamia. Le duele mucho. Muchísimo.

Lamia es hija de una madre bondadosa y un padre ex alcohólico. Cuando su padre empezó a beber tuvo que dejar su vida entera de lado, incluida su carrera de bailarina.

Fue en verdad una época muy dura, pues con tan solo 21 años Lamia ya cargaba con una responsabilidad inmensa, impropia para una chica de su edad.

Trabajaba durante el día y estudiaba por las noches, siempre que el cansancio se lo permitía.

Estaba continuamente pendiente del teléfono, pues raro era el día que no la llamaran de cualquier garito de mala muerte para que fuera a buscar a su progenitor, o mejor dicho: a lo que quedaba de él.

La verdad es que apenas habla de aquel infierno: Hospitales, dos intentos de suicidio, un insomnio perpetuo y lacerante… y miedo…mucho miedo.

Esa fue la primera vez que Lamia sufrió una amputación: le arrancaron su inocencia y tuvo que matar una parte de la niña que había sido hasta entonces para poder sobrevivir. El dolor fue insoportable, pero ignoraba que lo peor aún estaba por llegar.

Cuando yo la conocí ya le faltaba la pierna izquierda.

Una tarde acompañó a su padre al centro de rehabilitación. Estaba muy enfermo y sufría el delírium trémens, lo que vulgarmente se conoce como “síndrome de abstinencia del alcohol”, sin duda la fase más aguda y más terrible de esta enfermedad. Dada la gravedad de su situación los médicos sentenciaron que su padre no estaba en plenas facultades mentales para decidir nada que concerniera a su propia salud, y aconsejaron ingresarlo durante unos días para que pasara el mono en el hospital. Pero Lamia quería a su padre, pese a todo… y aquella imagen le destrozó el alma.

Aún hoy, jura que jamás ha vuelto a ver sobre la tierra a un ser tan destruido como el que vio aquel día al mirar a su padre.

Así que, desatendiendo todos los consejos médicos, los cuáles le advertían que era peligroso para su integridad física llevárselo en esas condiciones, (por lo visto los pacientes aquejados de delírium trémens sufren alucinaciones y suelen ponerse muy violentos), Lamia demostró una vez más ser una experta confundiendo a los demonios.

Lo que tuvo que aguantar aquella tarde y aquella noche jamás ha salido de los desvanes de su memoria, y no va a hacerlo ahora. El caso es que, después de aquello, su padre consiguió superar su adicción.

Dos meses más tarde un conductor borracho y fiel devoto de los libros de  Paulo Coelho se saltaría un semáforo en rojo llevándose a Lamia por delante.

Como suele decirse en estos casos: Hicieron lo que pudieron… pero llegó la gangrena, y con ella la amputación de su pierna izquierda.

Después de aquello Lamia no volvió a soñar, al menos no del mismo modo. Tampoco volvió a bailar.

A veces, y en especial en noches como esta (imagino que debido a la humedad del ambiente), Lamia despierta empapada en sudor y gritando de dolor. Es su miembro fantasma.

Al parecer es bastante habitual en las personas que han sufrido amputaciones. El cerebro sigue teniendo un área dedicada al miembro amputado, y ante la ausencia de estímulos de entrada el área que contenía al miembro genera por su cuenta las sensaciones que considera coherentes.

En pocas palabras: Lamia sigue sintiendo su pierna, aunque ya no esté. Y a veces le duele. Le duele muchísimo.

Dentro de poco empezará a ensayar sus primeros pasos con una pierna biónica. Dice que, en cuanto la tenga dominada, echará a correr y ni siquiera el más veloz de la tribu de los Tarahumara (Rarámuri) será capaz de alcanzarla. A mí, desde luego, me tiene más que convencida.

Lamia ya no jadea, pero la tempestad  sigue su curso…conmigo dentro, con mi total falta de empatía para con los estoicos y con mis infinitos ángulos muertos (tal vez hablemos de ellos en otra ocasión).

Miro de nuevo la cicatriz que lleva tu nombre y que recuerda al rayo en la tormenta, mientras mi  cerebro y mi corazón saborean la decepción al unísono, como un ingrediente capaz de enloquecer a las mariposas de mi estómago hasta conseguir que se arranquen la alas.

Eres uno de mis miembros fantasmas y como tal, en noches como esta, me dueles… aunque ya no estés.

Todo lo que en su día perdimos, nos fue arrebatado o nos amputaron…nos duele.  

¿No os había dicho ya que, si se rasca un poco el cielo, al final se ve el infierno? Pues este cielo no es una excepción. Y el infierno solo es soportable para aquellos que están de paso.

Todas las ciudades, si se las mira de cerca, están malditas… sospecho que la misma Vida lo está.
Nos lleva en sus entrañas, formamos parte de ella, atentamos contra su voluntad, la herimos de muerte, la envenenamos, la abandonamos, desparecemos, nos amputa…

 Y, aun así, le seguimos doliendo.



Favole Molpe la Musa