domingo, octubre 16, 2016

SOLIPSISMO



ÉREBO, LA ÚLTIMA CUEVA DEL REINO


Érebo y Dunkelheit tenían apenas siete años cuando empezaron a frecuentar “la última cueva del reino”.  Varias fueron las ocasiones en que los padres de Érebo le habían advertido del peligro que entrañaban esas cuevas, y aún muchas veces más fueron aquellas advertencias desatendidas por su hija que, en secreto, gozó de una infancia aún más libre y feliz que aquella que le presuponían sus padres.

Por aquel entonces, el  miedo a lo desconocido tan sólo les permitía adentrarse a escasos metros de la salida, pero era aquel espacio más que suficiente para ellos, pues tan pronto como empezaban a crujir sus botas sobre la escarcha de aquellas rocas, empezaba también a desplegarse el envidiable e ilimitado mapa de su imaginación.


Era el Reino de Myrkur un extenso páramo de nieve y de hielo, repleto de bosques azules y cuevas profundas, y conocido por engendrar en sus entrañas a seres fuertes,  doctos en ciertas magias tan antiguas como el mismo mundo, tan poderosas como la vida y tan misteriosas como la muerte.

Pero sin duda alguna, si hay algo que pueda y deba destacarse de aquellas tierras, es la ocurrencia de un fenómeno natural que se repetía misteriosamente año tras año. Lo llamaban “La noche lenta”, y era,  en cuanto a duración y características se refiere, idéntica a la noche polar astronómica que puede observarse en ciertas zonas de la Antártida.

Hasta donde alcanzaba la memoria de aquellas gentes y sus dinastías, “La noche  lenta” acontecía siempre en invierno, pero ni siquiera los más sabios podían predecir la fecha exacta en la que iba a suceder, pues no parecía seguir ningún patrón natural ni responder a ninguna lógica conocida hasta entonces.  

Así que desde tiempos inmemoriales, una vez al año, el reino de Myrkur  se sumía durante 24 horas en la más absoluta oscuridad… y era aquella una oscuridad tan insondable, tan lenta, tan densa y tan profunda, que era capaz de devorar el tiempo y el espacio hasta que los seres perdían, de forma peligrosa, la noción y la conciencia de sí mismos. Pues la lenta noche siempre llegaba acompañada de “el Solipsismo”, que era infinitamente peor que la ausencia prolongada de luz.

Érebo había oído historias y leyendas de guerreros y desdichados que, alejados de su hogar y a la intemperie,  habían caído presos de aquella oscuridad. Y cuando eran encontrados, en mitad del frío y de la nieve, estaban enfermos de desconfianza y desvariaban, asegurando que nada de lo que antaño conocieran existía en realidad… como si todo a su alrededor,  personas y objetos, ya no tuvieran conciencia ni alma, y fueran tan sólo vagas emanaciones de su propia mente, o el sueño ya apagado de algún Dios… cubierto por el fino polvo del olvido.

Pero Érebo estaba aún muy lejos de estas inquietudes.  Había heredado de su abuela aquello que los antiguos bautizaron como “el destello”, y podía ver y percibir más cosas que la mayoría de niños a su edad. Era aquel don una especie de sexto sentido que, según le insistían todos aquellos que la rodeaban, debía cultivar con verdadera vehemencia, pues le permitiría en un futuro, si no predecir, por lo menos sí anticiparse, al transcurso de ciertos acontecimientos.

Y es que, llegado el día, Érebo sería Reina de Myrkur y de todo lo que en él cohabitaba. Sus amados bosques, las montañas, los ríos, las cuevas, el cielo y el firmamento entero…  y creedme cuando os digo que esta idea no le desagradaba en absoluto, pues ya de niña guardaba en su interior la llama de la conquista y el huracán de la libertad, y la simple idea de una vida sustancialmente cómoda, sin aventuras ni pasiones, le aterraba más que ninguna otra cosa en el mundo.

Desde el principio de los tiempos es sabido que todos los niños hablan un lenguaje distinto al de los adultos, pues su universo no conoce de fronteras  y su percepción es capaz de integrar, casi mágicamente, sentido y sinsentido, sin que todo ello les aboque a una terrible contradicción. 
Así que Érebo saltaba de roca en roca, siempre seguida de cerca por la discreta y condescendiente mirada de Dunkelheit, al que la profundidad y el misterio de aquellas cuevas atraía irremediablemente, incluso más que a su compañera de juegos. Y ahora un roble púrpura tan alto que se perdía en la bóveda celeste, ahora un sendero secreto que conducía al lago de la inmortalidad, iban enriqueciendo con sus juegos aquel lenguaje y aquel peculiar mundo  al que todos pertenecimos un día, y al que cualquiera de nosotros ha soñado alguna noche con regresar.
 
 -Toma Dunkelheit- dijo Érebo mientras se agachaba a recoger una pequeña piedra azulada con iridiscencias grises y blanquecinas- es una piedra lunar.

-Yo te he hecho un dibujo esta mañana, mientras el maestre me explicaba técnicas para llegar a dominar la teriantropía- contestó Dunkelheit, extendiéndole un papel algo arrugado que llevaba en el bolsillo de sus pantalones. - Es un oso polar, el más grande y poderoso de todo el Reino.

-Es increíble- dijo Érebo escudriñando con detenimiento el dibujo.

Y en verdad lo era, pues hay tesoros que sólo pueden ser captados por la crisálida pálida de la infancia y sólo se desvelan en la hora azul de la inocencia, bajo la mirada de aquellos acostumbrados a escudriñar sueños y brillos nocturnos.

-¿Si alguna vez te transformas en oso polar podré cabalgar las nieves montada sobre tu lomo? – preguntó Érebo con una pizca de malicia infantil, pues de sobras conocía la respuesta.

-Ya sabes que no- contestó Dunkelheit ligeramente irritado- Cuando crezcamos y tú ya no necesites de mi protección me iré lejos, muy lejos de aquí. Necesito ver otras tierras, y… ¿quién sabe? Puede que incluso otros mundos.

Porque Dunkelheit, como todos los guerreros,  tenía el latido ártico en la mirada, y este impulsaba a todos los de su estirpe a traspasar los límites y las fronteras. Era un deseo tan arraigado en sus entrañas que, al verbalizarlo, no se dio cuenta de que aquellas palabras se clavarían profundamente y para siempre en el pequeño corazón de Érebo, que dio un vuelco y empezó a latir con una fuerza inusitada, mezcla de tristeza y de rabia.

Y es que, en secreto,  la futura Reina había empezado  a pensar en algo tan extraño como es el destino, y se decía a sí misma a menudo que, si acaso su destino era vivir entre unos barrotes invisibles, huirían juntos…y juntos conquistarían el universo entero.

-¿De verdad es una piedra lunar?

Pero Érebo estaba dolida, así que respondió con toda la frialdad de la que era capaz una niña de su edad.

-No seas estúpido, Dunkelheit. Ya sabes que si realmente fuera una piedra lunar tú no podrías verla.

Y en verdad que no importaba en absoluto, porque aunque la procedencia de aquella piedra hubiera sido el mismísimo rincón más oscuro del infierno, Dunkelheit habría sonreído de idéntico modo, y de idéntico modo la habría guardado en el bolsillo de su abrigo. Porque así era Dunkelheit, casi tan arduo y duro en cada una de sus manifestaciones, como tierno y justo en cada uno de sus silencios.

Fueron tiempos felices los de aquella época, aunque ellos no se dieran ni cuenta. Y si bien es cierto que “la última cueva del reino” seguiría siendo testigo de sus juegos durante muchos, muchos años, también lo es que, si existe un destino para cada uno de los seres, el de Érebo y Dunkelheit, conocedor de las rutas y las bifurcaciones que tomaría al margen de la frágil voluntad de los mortales, empezó a reírse aquella noche.

Y tal vez aún siga en ello.

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Si hay algo que ni siquiera aquellos que poseen “el destello” pueden escrutar, son los acuciantes designios de la propia naturaleza. Ya atardecía cuando Érebo, como venía siendo costumbre entre ellos, esperaba la llegada de Dunkelheit sentada sobre una de las grandes rocas de “la última cueva del reino”.

Tenía por aquel entonces dieciséis años, y tarareaba distraída mientras desenredaba la larga y brillante cabellera negra que casi ya  le llegaba hasta la cintura, cuando un alud de nieve, tan colosal como inesperado, obstruyó por completo la entrada de la cueva, sumiendo a Érebo en el más gélido de los silencios.

Nunca en su vida, ni aún entonces, se dejó dominar por el miedo,  así que permaneció inmóvil hasta que sus ojos se acostumbraron a aquella oscuridad y pudo empezar a distinguir vagamente las sombras… primero las rocas, y luego el angosto y deseado camino hacia lo desconocido, el cual no tardó ni un segundo en emprender, pues sabía que si se quedaba quieta moriría congelada.

Cuando llegó a la primera bifurcación giró a la izquierda, y la misma dirección se le antojó cuando llegó a la segunda, y fueron estas decisiones tan azarosas como instintivas, pues sus pasos, aún dados prácticamente a tientas, la condujeron hacia  una extraña cámara que, como si de una valiosa y ancestral joya se tratara,  tenía engastado un enorme y misterioso espejo en una de sus abruptas y heladas paredes.

Érebo, ante aquella visión, no sabía si era la razón o el corazón lo que la sumía en la incertidumbre. Pues presentía desde siempre que en el centro del mundo había un palpitar al que pocos accedían, un palpitar hecho de fuego y de tiempo… y esa noche tal vez logró escucharlo, porque lo cierto es que, fuera lo que fuera lo que inundaba aquella estancia, no se borró jamás de su memoria.

En mitad del resplandor azul y blanco producido por la nieve y el hielo, el espejo emitía un débil fulgor grisáceo que, como el más enigmático de los dones, era capaz de distribuir a la perfección las luces y las sombras.

No hay nada más atractivo que aquello que despierta nuestra admiración…ni manera más sencilla de hacerse admirar que permanecer inaccesible. Y como los adultos, aún sin querer, a veces cometen errores terribles, le habían explicado a Érebo que existen en el mundo magias tan poderosas que sólo un inexperto, un necio o un loco, creerían que pueden dominar.

Y aquella enseñanza, que en su día fuera un intento de protección, resultó ser ahora el peor de los detonantes. Porque Érebo, como todos aquellos que albergan en su interior el desbocado caballo de la juventud, era precisamente una cabal mezcla de inexperiencia, necedad y locura.

Así que, atrapada entre el espejo y la nada, algo sí tenía claro: indemne no saldría de aquello.

Transcurrieron unos minutos antes de que Érebo empezara a captar destellos en aquel objeto que, en apariencia,  tan sólo era un fiel reflejo más de la realidad. Observó con asombro e inquietud como todo cuanto había a su alrededor, las afiladas estalactitas, las rocas, la nieve, el hielo, la entrada a la cámara… todo lo que la envolvía era devorado por una oscuridad profunda e insondable, una oscuridad que atacaba al mismo centro de su  mente, amenazándola con aniquilar su cordura.

Y antes de que pudiera darse cuenta, tan sólo quedaba ella en mitad de aquel vacío, como una estatua que prevalece a la intemperie bajo la tormenta del sinsentido, expuesta a la llegada de un heraldo invisible incluso más peligroso e inviolable que aquel que anuncia la propia muerte.


Érebo escrutó palmo a palmo aquellos ojos oscuros que le devolvían la mirada, y tuvo la certeza de que podía ir más allá de aquellas pupilas. Sintió entonces que algo en su interior se fragmentaba, como si su alma empezara a diluirse poco a poco en aquel reflejo…pues si es cierto que muy delgada es la línea que separa a los conquistadores de los conquistados, ella acababa de cruzarla, y aquella que le devolvía la mirada, simplemente, ya no era ella.

Como hiciera siempre en los peores momentos de su vida, buscó en el tesoro de su memoria una explicación a lo que le estaba sucediendo, y recordando aquello que los alquimistas llamaron “transmutación” la invadió el más terrible de los desasosiegos…y tuvo miedo de no poder regresar jamás, tuvo miedo de que la noción de sí misma se desvaneciera para siempre en el corazón de un misterio que nunca sería desvelado...

Porque Érebo, completamente aislada del mundo exterior, no podía saber que, fuera de aquel sepulcro de rocas, y tan pronto como el alud de nieve había bloqueado la entrada de la cueva, “la lenta noche” había empezado a extenderse inexorablemente sobre el páramo helado de Myrkur, y aquello que ella experimentaba y contra lo que oponía tan envidiable resistencia, no era otra cosa que los primeros efectos del “solipsisimo”.

Sobrevolada por las desdichadas hadas del abandono, le pareció ver en el espejo no sólo la puerta a otros reinos, sino también a otros mundos. Empezaron a emerger, más allá del reflejo, bosques frondosos que escondían enormes cascadas de agua cristalina, islas atormentadas y devastadas por la furia huracanada de los mares, y desiertos que parecían de marfil cubiertos por un inmenso tapiz de estrellas luminosas.

Érebo cerró los ojos, y aunque apagó como pudo las violentas llamas de aquellas visiones, la realidad ya no le parecía familiar. Se supo por primera vez sola en aquel mundo, abatida y destrozada. Y todo lo que hasta entonces fuera importante para ella, todo de lo que amara u odiara, le parecía ahora irrelevante.

Pues si sólo somos un fugaz suspiro en mitad de la eternidad, poco o nada pueden importar a los eternos nuestras pasiones y nuestras vidas, que bajo una mirada y una sabiduría infinitamente  más ilimitada que la nuestra, deben resultar tan insignificantes y cíclicas, como curiosas y arbitrarias.

Y aunque a Érebo le habían enseñado la diferencia entre una Bruja y una Hechicera, en aquella ocasión la obstinada rebeldía que poseía jugó a su favor, y en lugar de entregarse al desconsuelo pensó que, si ella no era más que el sueño de un Dios al que jamás podría alcanzar ni comprender, haría lo imposible para que permaneciera dormido…al menos hasta que ella lograra dominar una parte de aquella magia, capaz de moldear la percepción que los seres tenían de la realidad. Y no sintió miedo… sino fascinación.

La oscuridad se volvió aún más inabarcable, profunda y peligrosa, como si nunca fuera a cesar en su empeño por someterla…y quizás, si Érebo no hubiera sido como era, tan plenamente consciente de que un día sería la Reina de Myrkur y de todo lo que en él cohabitaba, se habría arrodillado.

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Salió tambaleándose de la cámara y desanduvo, de nuevo a tientas, el único camino que conocía. Pero aquella misma distancia le pareció ahora una eternidad. En la primera bifurcación giró a la derecha, y lo mismo hizo en la segunda. Las piernas le fallaban, y el frío se había instalado en sus pulmones hasta el punto en que respirar le dolía. A escasos metros de la entrada a la cueva sintió como las fuerzas la abandonaban, y su cuerpo dejó de responder, cayendo desplomado sobre la nieve.

Invadida por un cansancio que no podía controlar, tan solo una extraña imagen cruzó por su mente antes de perder la consciencia…y fue la de una hermosa y brillante esfera verde, blanca y azul. Después la sobrecogió la fragua templada del sueño, y sus ojos, como relojes de arena,  dejaron caer lentamente grano tras grano, hasta que cerró los párpados en aquel lecho de nieve… y se durmió.

La encontraron a la mañana siguiente, congelada e inmóvil, como la frágil lágrima de una estatua de hielo…pero aún respiraba. Dunkelheit corrió hacia ella, y la estrechó tan fuerte entre sus brazos que todos los allí presentes temieron que fuera a romperla.

Aquellos ojos  grises fueron lo primero que vio Érebo cuando regresó a la realidad, y aunque esbozó como pudo una débil sonrisa al hacerlo, descubrió por primera vez en la mirada de Dunkelheit la sombra de algo de lo que se sentiría responsable el resto de su vida.

Muchas cosas hubiera deseado decirle en aquel momento, pero tan sólo pudo murmurar unas palabras:

-Dunkelheit…nuestros padres, los ancianos, todos…todos tenían razón. Algo terrible se oculta en estas cuevas. No vuelvas nunca aquí… No vuelvas jamás.

Y fue así como, desde esa noche, “la última cueva del Reino” pasaría a ser conocida por todos los habitantes de aquellas tierras como “la cueva de Érebo”.

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Cuando la primavera dejó entrever los primeros rayos de sol, Érebo ya se había recuperado por completo. Había tenido tiempo de decidir que jamás contaría nada de los extraños sucesos que experimentó la noche en que fue sepultada, así que cuando le preguntaban por ello simplemente decía que no podía recordar nada, a excepción de una terrible soledad y un insoportable frío.

Una mañana llegó a sus oídos que aquel fatídico atardecer en que ella quedó atrapada, los guardias habían encontrado a Dunkelheit colérico y enloquecido en mitad de la nieve, intentando desatrancar la entrada de la cueva con sus propias manos. Y aunque nunca hizo alarde de ello, solo la fuerza de tres hombres logró alejarlo de allí aquella noche y encerrarlo en uno de los calabozos,  por su propia seguridad y la de todos los hombres del castillo.

Y como todos los seres siempre añoramos en secreto regresar a aquellos lugares en los que un día fuimos felices, Érebo deseaba con todas sus fuerzas volver a aquel mágico y peculiar universo que solo podía construir con Dunkelheit, y hacia aquel entrañable objetivo dirigía inútilmente todas sus renacidas ilusiones.

-¿A dónde quieres que vayamos hoy?- Le preguntó una tarde que lo encontró en la biblioteca-  cerca del pozo del silencio seguro que ya pueden empezar a verse los búhos de alas plateadas.

Dunkelheit dejó el libro que estaba leyendo sobre la mesa y la miró, entre divertido y contrariado. Divertido porque bien sabía que, como en tantas otras ocasiones, le pedía su opinión por el hecho de halagarle, porque cuándo Érebo hacía ese tipo de preguntas casi siempre ya había tomado una decisión de antemano. Y contrariado porque, aunque lo intentaba, no sabía  a qué pozo se estaba refiriendo.

-¿Qué dices Érebo? No sé de qué pozo me hablas- respondió con el ceño fruncido y una leve sonrisa.

Y en verdad que no entendió ni una palabra, porque había desaprendido el lenguaje de los sueños, y también el de los niños. Y Érebo, que siempre supo que  hay algunas personas que crecen y otras que se hacen mayores (con todo lo que comporta la a veces imperceptible pero abismal diferencia entre ellas), contempló con infinita tristeza como Dunkelheit se había hecho mayor, muy mayor. 


Y en la oscuridad de su alcoba, abrazada a aquel dibujo que le hiciera en su día, lloró desconsoladamente toda la noche… y fue aquella noche, si no una de las más lentas, sí una de las más tristes que el Reino de Myrkur contemplara jamás.
A la mañana siguiente Dunkelheit había desaparecido, y aunque toda la guardia real fue desplegada, y hasta el más hábil de los rastreadores recibió la firme orden de no descansar hasta encontrarlo, ella abandonó de inmediato toda esperanza de hallarlo en aquellos parajes, pues su corazón le susurraba que él ya no estaba allí. 

Ataviada con el más recio de sus abrigos cogió el carcaj que reposaba a los pies de su cama, y mientras emprendía el camino hacia la cueva murmuraba para sus adentros:
 -Qué estupidez, Dunkelheit…qué estupidez.


Porque era cierto que, cuando el corazón de Érebo susurraba de aquella forma, raramente se equivocaba.

Favole Molpe la Musa