miércoles, mayo 31, 2017

AL GATO, NO AL INSTINTO


Lo que más le llamó la atención al conocerla fueron sus ojeras, tenía unas ojeras preciosas. Protegían el brillo de su mirada como la luz de la Luna es custodiada por su propia sombra.

Poco después descubriría su insomnio lacerante y su increíble capacidad creando mundos mágicos de la nada…era ilimitada.

A la hora de las Brujas urdía sueños y pesadillas que más tarde convertía en relatos. Sin embargo, a veces, alguna historia se enredaba en sus adentros de tal modo que conseguía desestabilizar su bobina principal, y su cordura se veía obligaba a abandonar durante un rato las agujas, los dedales, los hilos y los carretes.

Dormía poco y mal, porque aunque durante el día formaba parte de ese engranaje que resulta exiguo para cualquier ser a quien la vida le quema y el corazón le arde, su imaginación siempre estaba librando otras batallas.

Había aprendido a recorrer con magistral sigilo los tejados de los huérfanos, los renegados, los miserables y los proscritos, y cuando lo hacía solía volver con el alma abatida y repleta de arañazos y magulladuras. Era entonces cuando su silencio se volvía infranqueable y se desangraba frenéticamente sobre el papel…como un caleidoscopio roto, que sigue intentando con todas sus fuerzas distorsionar la realidad.

Todos tenemos un rincón oculto dentro de nosotros mismos, que solo nosotros conocemos y al que solo nosotros podemos acceder. Más allá de las apariencias, y sin otra pretensión que la pura supervivencia, ella solía desconfiar de los cuartos pequeños con un espejo muy grande. Así que construyó una aislada cabaña en el bosque, en medio del sí y el no, en el páramo de la ilusión, la contradicción y la locura…Y allí, en un agujero profundo, enterró el más preciado y misterioso de sus cuentos, cuyo final sería desvelado a su debido tiempo.

Tenía unas ojeras preciosas, como el sello de identidad crepuscular de un “algo” que jamás acaba de encajar, como un grito de guerra al que regresar siempre para poder renacer, justo donde el corazón le estalla.

Su capacidad era ilimitada, en especial las noches de Luna Llena. Y, como todos los creadores, una vez tras otra se lamía las heridas y volvía a los tejados.

Al fin y al cabo, se domestica al gato, pero no al instinto.

Favole Molpe la Musa





4 comentarios:

Beauséant dijo...

Los gatos viven sus propias vidas, no dejan que nadie imponga ni ordene sobre ellas... tienes suerte de que te hayan elegido como compañera para escribir su historia...

Noelia dijo...

Llevaba tiempo sin pasarme y que bueno hacerlo ahora, encontrarme con este texto y sentir como el gato, aun con historias por contar, combatir y ganar, sigue siendo él mismo.

Dile de mi parte que no tenga prisa, que siga adorando sus ojeras y respetando sus momentos, pues ya llegará el momento de contarse a otras, pero ahora le toca sólo a él hacer las paces también con su historia.

Psicopompo dijo...

Bonito gato.

Sombrerero dijo...

Al instinto no se lo domestica, y al gato, poco. Ni falta que hace. Sobre los tejados se encuentran y se crean mejores historias que bajo ellos.

No hay que dejar de volver a los tejados. Allí las ojeras tienen, si cabe, menor importancia.

PD: Amo ese par de pares de ojos.