martes, agosto 08, 2017

Luciérnagas errantes

Nunca consiguieron que comiera la manzana con cuchillo y tenedor, pese a que así es como les querían, amaestrados y arrinconados, perdidos en mitad de una patulea autocompasiva carente de norte. Con sus miedos y su corazón a cuestas, cayendo en la inercia de pensar que todo cuanto hay bajo el cielo no es más que pura vanidad. Coleccionando desastres en el desván de las miradas tristes, con la boca sellada y las fantasías atadas en corto, forjando los barrotes de mil lacerantes jaulas de silencio diseñadas para perder la cabeza. Tan envenenados de frustración y tan llenos de vacío, que sintieran que si ingerían un bocado más de NADA explotarían.
Y sin embargo, aunque extrañaban la hora azul de la inocencia y el lujo de poder permitirse ser pesimistas, a veces, contra todo pronóstico, aún eran capaces de imaginar que la decepción tenía límites y que la ingenuidad no estaba del todo deshabitada.
 

Entre pantanos de recuerdos y cielos repletos de brillantes anhelos, seguían empeñados en llorar sueños y sangrar esperanzas. Desafiaban el latido y la materia, predicaban lo inusual y, a oscuras, se extirpaban una vez tras otra el código de barras.
 

Algunas noches se les podía oír aullar desde los mismísimos precipicios de la melancolía y el destierro, donde acumulaban cicatrices y donde la fe les había vuelto adictos a las caídas y a las recaídas, a echarse de menos, a lanzar la piedra en medio del lago y esperar a ver cómo crecen las ondas del agua… porque siempre sospecharon que hay una certeza oculta detrás de todo aquello que es irreversible.
Pues aunque así es como les querían, aletargados, supeditados y adormecidos, como velas mal apagadas en un mundo que apenas podían comprender… la oscuridad siempre está habitada por luciérnagas errantes.


Favole Molpe la Musa